Nunca he tenido problemas legales. Pero una vez tuve un encuentro del tercer tipo con la Policía de Puerto Rico que me pudo haber marcado de por vida. Todo por una tontería. Padezco de algo que me he autodiagnosticado como clericofobia (no existe el término pero la lengua es dinámica). Es una aversión rayando en el terror a llenar papeles, formularios, informes, blancos, planillas y cosas parecidas. Especialmente si son del gobierno. La razón es que por lo general la experiencia me deja marcado por algún imbécil burócrata que abusa de mi buen sentido de la lógica. Por ejemplo, una vez fui a una oficina donde después de hacer una fila inhumana la persona que me atendió me pidió el sello de rentas internas de cinco dólares. Por supuesto nadie me había informado de este insignificante detalle que impediría que completara la transacción. Le pregunté dónde compraría el susodicho sello y me respondió que en la Colecturía de Rentas Internas, un edificio diferente al otro extremo del pueblo. Me fui con las manos vacías.
La historia que me ocupa tiene relación directa con la introducción anterior porque se me había vencido la licencia de conducir hacía muchos meses (muchos) y no había ido a renovarla por mi clericofobicidad. Una noche salí de la universidad a eso de las diez y decidí tomar una ruta que casi nunca tomaba. Me fui por la PR-14, iba a una velocidad moderada y a lo lejos vi los biombos de la policía. Por supuesto que cada vez que veía un policía me preocupaba pero pensaba que mientras no violara la ley no tendría problemas.
El corazón se me salió por la boca cuando veo a un policía haciéndome señas para que me detuviera. -“Me jodí“ -fue la frase que me dije en voz alta. Me detuve y tomé la decisión heroica e irreversible de que diría la verdad, aceptaría las consecuencias y ya. No sabía si me quitarían el vehículo pero sabía que la multa sería sustancial. Miré por el espejo lateral y vi al policía acercarse. Bajé el cristal y esperé el momento. Se me acercó muy cortés y me preguntó que si sabía por qué me había detenido. Le contesté que no tenía idea y me dijo que uno de los focos delanteros estaba fundido. ¡Claro! Maldita sea. Se me había olvidado el maldito foco. Shit. Puse cara de sorprendido y me dijo exactamente la frase que yo no quería escuchar: -“Deme la licencia del vehículo y su licencia de conducir-“. Saqué la licencia del vehículo de un bolsillo en una gaveta, se la di, y mientras él la estudiaba me preparé para mi gran confesión. Comencé a abrir la boca y la cosa más extraña ocurrió en ese momento.
-“The darndest thing”- dijo uno de los personajes en “The Usual Suspects”. El tipo había visto a Kayser Souze y no lo podía creer. Así me sentí cuando metí la mano en uno de mis bolsillos y saqué la billetera para darle al policía la licencia expirada que ni siquiera cargaba conmigo. Las compuertas del reino de la mentira se habían abierto y lo que le seguiría sería un diluvio.
La historia que me ocupa tiene relación directa con la introducción anterior porque se me había vencido la licencia de conducir hacía muchos meses (muchos) y no había ido a renovarla por mi clericofobicidad. Una noche salí de la universidad a eso de las diez y decidí tomar una ruta que casi nunca tomaba. Me fui por la PR-14, iba a una velocidad moderada y a lo lejos vi los biombos de la policía. Por supuesto que cada vez que veía un policía me preocupaba pero pensaba que mientras no violara la ley no tendría problemas.
El corazón se me salió por la boca cuando veo a un policía haciéndome señas para que me detuviera. -“Me jodí“ -fue la frase que me dije en voz alta. Me detuve y tomé la decisión heroica e irreversible de que diría la verdad, aceptaría las consecuencias y ya. No sabía si me quitarían el vehículo pero sabía que la multa sería sustancial. Miré por el espejo lateral y vi al policía acercarse. Bajé el cristal y esperé el momento. Se me acercó muy cortés y me preguntó que si sabía por qué me había detenido. Le contesté que no tenía idea y me dijo que uno de los focos delanteros estaba fundido. ¡Claro! Maldita sea. Se me había olvidado el maldito foco. Shit. Puse cara de sorprendido y me dijo exactamente la frase que yo no quería escuchar: -“Deme la licencia del vehículo y su licencia de conducir-“. Saqué la licencia del vehículo de un bolsillo en una gaveta, se la di, y mientras él la estudiaba me preparé para mi gran confesión. Comencé a abrir la boca y la cosa más extraña ocurrió en ese momento.
-“The darndest thing”- dijo uno de los personajes en “The Usual Suspects”. El tipo había visto a Kayser Souze y no lo podía creer. Así me sentí cuando metí la mano en uno de mis bolsillos y saqué la billetera para darle al policía la licencia expirada que ni siquiera cargaba conmigo. Las compuertas del reino de la mentira se habían abierto y lo que le seguiría sería un diluvio.
Abrí lentamente la billetera y saqué una tarjeta. No era. Saqué otra. Tampoco. Otra. Otra. No tenía idea de la cantidad de tarjetas que cargaba. Tarjetas de crédito, de débito, plan de salud, electoral, identificación de la universidad, tarjetas de negocio de gente que ya no recordaba quiénes eran ni por qué las tenía, llaves electrónicas desechables de hoteles…En fin, aquello parecía un juego de póker. Notaba con el rabo del ojo la impaciencia del policía pero no había vuelta atrás. Mientras barajeaba las tarjetas me preguntaba cómo saldría de esta. Más bien sabía que no saldría. Sólo pensaba en las consecuencias de mi acción. Terminado el barajeo cogí las tarjetas y repetí el proceso con cara de sorprendido, como diciéndole al tipo que no entendía por qué no estaba allí la licencia. Lo hice cuatro veces y miraba de reojo por si acaso el tipo se acercaba la mano a su pistola en un acto de desesperación.
Ahora, ya cometido el pecado original, sólo quedaba hacer un performance. Siempre me gustó la actuación y de hecho participé en una que otra obrilla en la escuela. Así que abrí la gaveta entre los dos asientos delanteros y comencé a hurgar. No recordaba haber metido tanta basura allí. Busco y rebusco y noto que el poli se ha desesperado y comienza a sospechar que algo no anda bien. Camina hacia la parte posterior del vehículo y mira la tablilla. Lo estoy viendo claramente por el retrovisor. Se mueve por el lado lateral derecho y coteja el marbete. Camina nuevamente hacia mí y ahora dentro de mi carro los papeles y la basura vuelan por el aire como en la escena del cuarto poseído de “Poltergeist”. Lo siento resoplar a mi lado y decido atacar la guantera. Más basura, Dios. Papeles que había dado por perdidos. Caen al piso por la ley de la presión. Demasiados atosigados en un espacio limitado.
-“Caballero, ¿tiene o no la licencia?”- me preguntó impaciente. Una ventana. Podía pedir perdón. Podía suplicar misericordia. Lo miré fijo a los ojos y el diluvio siguió: -“Por supuesto que la tengo. Deme un minuto más que se la consigo”-
Lo que sucedió inmediatamente después me derrumbó emocionalmente. Toda la actuación, toda la mentira, todo el engaño estaba a punto de ser expuesto. No recibiría mi Oscar. –“Martínez”- gritó el policía,-“¿hay sistema en Guayama?”- ¿Sistema en Guayama? Oh my God. ¿Y quién carajos es Martínez? ¿Dónde está Martínez que no lo había visto todo este tiempo? Martínez estaba al otro lado de la carretera multando a algún individuo que seguramente tenía su licencia al día. Las malditas computadoras. Le dictarían la tablilla del vehículo a algún policía aburrido en Guayama, quien la metería en alguna base de datos, y allí, en microsegundos la pantalla escupiría la oscura verdad: Edwin Vázquez no sólo no tiene licencia, sino que hace muchos meses no la tiene, sabe que no la tiene, y te ha estado tomando de soquete y te ha hecho perder el tiempo.
El grito de Martínez pudo haber resucitado al mismo Lázaro: -“No. El sistema se cayó”- Dios. Martínez, mi amigo, mi querido amigo, gracias. –“Pero en Central hay”- ¿Central? ¿El Cuartel General de la Policía? Pero ¿por qué no se van a buscar verdaderos criminales? Maldito Martínez, maldito. –“Pero el sistema está bien lento”- gritó Martínez. Yes, lento. Así me gusta, bien lento. Gracias señor de los conductores sin licencia.
Ahora el policía a mi lado me miró a los ojos. Yo esperaba, por supuesto, lo peor. Miré sus manos para asegurarme de que no sostenía la pistola. Desde el duelo en el Corral OK no había habido dos miradas retándose de esa manera. No cedí y las palabras cayeron como una bendición: -“Caballero, lo voy a dejar ir pero arregle ese foco. ¿Está bien?”-
Alguien dijo en algún lugar alguna vez que no existe el crimen perfecto. Lo que dije después corroboraría ese postulado. El asunto es que me puse tan contento que en vez de arrancar y largarme cuanto antes del lugar me sorprendí hablándole al guardia. Innecesariamente le dije que no sabía qué había pasado con mi licencia, que no entendía por qué no la tenía conmigo, que lo más seguro la usé de identificación en algún comercio y algún dependiente irresponsable no me la había devuelto, que….entonces lo noté. Fue casi imperceptible pero la luz del foco callejero alumbró el pequeño músculo facial policial que se contrajo como cuando alguien se da cuenta, de sopetón, que le han mentido, que todo ha sido una farsa, que este tipo ha mentido por los poros.
Inmediatamente callé. Le di las gracias, le aseguré que arreglaría el foco y me largué a toda prisa. No podía creer lo que había sucedido. Era sobrenatural. No se supone que ganara esa batalla. Había derrotado al sistema. No estaba orgulloso porque sé que había violado la ley al conducir sin licencia y porque había mentido descaradamente. Pero un pequeño músculo facial se me contrajo en el área de la boca y me dibujó una sonrisa.
A veces los astros se conjuran y se alinean. A veces dos rayos caen en el mismo sitio. Una semana después me enteré a través de mi padre que esa misma noche, una media hora tras mi escape, él pasó por la misma carretera y lo detuvo el mismo policía. Papi había bebido un poco más de lo debido. El tipo fue a buscar el aparato de soplar y en un momento Eureka y de claridad mental total papi tomó una decisión monumental. Exhaló con toda la fuerza de sus músculos abdominales, cogió una bocanada pura de aire fresco y cuando llegó el policía, respiró en la maquinita. Cero punto cero siete. Cero punto cero ocho es ilegal. Papi había derrotado el sistema, media hora después de que su hijo hiciera lo propio.
No nos juzguen mal. Fueron hechos aislados. O, por otro lado, este es el Caribe. Bienvenidos a la bayoya.
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