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martes, 14 de agosto de 2007

La Gente Decente No Respeta a la Policía

Esto dijo la oficial Sandra Sherman, compañera de labores de Pagán Cruz, el policía que asesinó a sangre fría en Humacao a un ciudadano desarmado que no había cometido crimen alguno:

“Lo digo por experiencia, a veces se nos hace más fácil intervenir con delincuentes que con personas decentes porque los delincuentes nos respetan más”.
La pregunta que se cae de la mata es por qué la policía ha de intervenir con la gente decente de este país si tenemos una abundancia de indecentes con los cuales divertirse. Si son decentes déjenlos quietos. La respuesta nos las da la Sherman: respeto.

La policía quiere respeto, pero no el que nos enseñaron nuestros padres sino su propia versión: la del miedo. Para ella y sus colegas abusadores respeto significa miedo. Tenemos que temerles. Cuestionarlos es ser irrespetuosos y eso ellos no lo van a permitir, so pena de muerte.

Debido a que soy una persona decente, y según la definición de Sherman soy una persona difícil de intervenir, he tomado una serie de acciones para evitar todo contacto con las fuerzas policiacas:
  • Por fin arreglaré la luz de doblar a la derecha de mi vehículo.
  • Buscaré la licencia del vehículo, que no sé dónde está, por si me detienen y me la piden.
  • No miraré más a un policía a los ojos.
  • No volveré a saludar a un policía.
  • No volveré a pedirle direcciones a un policía.
En este momento lo más que me preocupa es el asunto de la bombillita fundida. No quiero perder la vida por una cosa tan inocua.

Otros blogs opinan sobre este tema:

Fulano X: Si Ves Este Símbolo Aléjate
Digizen: Violencia y Criminalidad Policiaca
Los Mafu: Abuso Policiaco (con el video)
Mary P. Leaves The Building: It Is a Sad Monday Morning
Libre Expresión Puerto Rico: Informe Deja Mal Parados a Policías
La Esquina Bohemia: Espeluznante




Vea el video del asesinato de un ciudadano indefenso AQUÍ.

jueves, 22 de febrero de 2007

Premian la Pedofilia

Arbenny “Benny” Hernández Hernández, un depredador sexual que incluso sodomizó a una niña en el 2003 fue homenajeado por la policía de Aguadilla aún sabiendo del caso. La respuesta del teniente coronel Milton Acevedo de Aguadilla fue que al que no le guste LE ARRANQUE LA PAGINITA AL ANUARIO donde saldrá el homenajeado.

Sin embargo, me acabo de enterrar por el radio que el Superintendente de la Policía acaba de botar a Milton Acevedo como el saco de desperdicios que es. Muy bien por Toledo.A continuación parte de la noticia de Primera Hora:

El jefe de la Policía en el área de Aguadilla, teniente coronel Milton Acevedo, dijo en la tarde de ayer que desconocía si Hernández aparecía o no en el Registro de Ofensores Sexuales y le pasó la papa caliente al capitán Cortés, que fue quien lo recomendó.

No obstante, defendió al homenajeado y sugirió a quienes se sientan ofendidos que arranquen la página del anuario.

“Si fue un ofensor sexual es algo que es repudiable, y que nosotros no nos hayamos enterado pero, por otro lado, tenemos que ver la acción dentro del proceso de recuperación que tiene todo ciudadano”, afirmó al plantear que aunque Hernández hiciera algo repudiable en el 2003, lo cierto es que en el 2006 actuó en beneficio de la comunidad cuando realizó el arresto civil de unos delincuentes en su comunidad.

Aunque dijo que serán más cautelosos la próxima vez, Acevedo recomendó a los agentes que se ofendieron que “eso lo resuelven fácilmente arrancándole la paginita” al anuario.

martes, 19 de diciembre de 2006

El Día Que La Policía Casi Me Arresta

Nunca he tenido problemas legales. Pero una vez tuve un encuentro del tercer tipo con la Policía de Puerto Rico que me pudo haber marcado de por vida. Todo por una tontería. Padezco de algo que me he autodiagnosticado como clericofobia (no existe el término pero la lengua es dinámica). Es una aversión rayando en el terror a llenar papeles, formularios, informes, blancos, planillas y cosas parecidas. Especialmente si son del gobierno. La razón es que por lo general la experiencia me deja marcado por algún imbécil burócrata que abusa de mi buen sentido de la lógica. Por ejemplo, una vez fui a una oficina donde después de hacer una fila inhumana la persona que me atendió me pidió el sello de rentas internas de cinco dólares. Por supuesto nadie me había informado de este insignificante detalle que impediría que completara la transacción. Le pregunté dónde compraría el susodicho sello y me respondió que en la Colecturía de Rentas Internas, un edificio diferente al otro extremo del pueblo. Me fui con las manos vacías.

La historia que me ocupa tiene relación directa con la introducción anterior porque se me había vencido la licencia de conducir hacía muchos meses (muchos) y no había ido a renovarla por mi clericofobicidad. Una noche salí de la universidad a eso de las diez y decidí tomar una ruta que casi nunca tomaba. Me fui por la PR-14, iba a una velocidad moderada y a lo lejos vi los biombos de la policía. Por supuesto que cada vez que veía un policía me preocupaba pero pensaba que mientras no violara la ley no tendría problemas.

El corazón se me salió por la boca cuando veo a un policía haciéndome señas para que me detuviera. -“Me jodí“ -fue la frase que me dije en voz alta. Me detuve y tomé la decisión heroica e irreversible de que diría la verdad, aceptaría las consecuencias y ya. No sabía si me quitarían el vehículo pero sabía que la multa sería sustancial. Miré por el espejo lateral y vi al policía acercarse. Bajé el cristal y esperé el momento. Se me acercó muy cortés y me preguntó que si sabía por qué me había detenido. Le contesté que no tenía idea y me dijo que uno de los focos delanteros estaba fundido. ¡Claro! Maldita sea. Se me había olvidado el maldito foco. Shit. Puse cara de sorprendido y me dijo exactamente la frase que yo no quería escuchar: -“Deme la licencia del vehículo y su licencia de conducir-“. Saqué la licencia del vehículo de un bolsillo en una gaveta, se la di, y mientras él la estudiaba me preparé para mi gran confesión. Comencé a abrir la boca y la cosa más extraña ocurrió en ese momento.

-“The darndest thing”- dijo uno de los personajes en “The Usual Suspects”. El tipo había visto a Kayser Souze y no lo podía creer. Así me sentí cuando metí la mano en uno de mis bolsillos y saqué la billetera para darle al policía la licencia expirada que ni siquiera cargaba conmigo. Las compuertas del reino de la mentira se habían abierto y lo que le seguiría sería un diluvio.

Abrí lentamente la billetera y saqué una tarjeta. No era. Saqué otra. Tampoco. Otra. Otra. No tenía idea de la cantidad de tarjetas que cargaba. Tarjetas de crédito, de débito, plan de salud, electoral, identificación de la universidad, tarjetas de negocio de gente que ya no recordaba quiénes eran ni por qué las tenía, llaves electrónicas desechables de hoteles…En fin, aquello parecía un juego de póker. Notaba con el rabo del ojo la impaciencia del policía pero no había vuelta atrás. Mientras barajeaba las tarjetas me preguntaba cómo saldría de esta. Más bien sabía que no saldría. Sólo pensaba en las consecuencias de mi acción. Terminado el barajeo cogí las tarjetas y repetí el proceso con cara de sorprendido, como diciéndole al tipo que no entendía por qué no estaba allí la licencia. Lo hice cuatro veces y miraba de reojo por si acaso el tipo se acercaba la mano a su pistola en un acto de desesperación.

Ahora, ya cometido el pecado original, sólo quedaba hacer un performance. Siempre me gustó la actuación y de hecho participé en una que otra obrilla en la escuela. Así que abrí la gaveta entre los dos asientos delanteros y comencé a hurgar. No recordaba haber metido tanta basura allí. Busco y rebusco y noto que el poli se ha desesperado y comienza a sospechar que algo no anda bien. Camina hacia la parte posterior del vehículo y mira la tablilla. Lo estoy viendo claramente por el retrovisor. Se mueve por el lado lateral derecho y coteja el marbete. Camina nuevamente hacia mí y ahora dentro de mi carro los papeles y la basura vuelan por el aire como en la escena del cuarto poseído de “Poltergeist”. Lo siento resoplar a mi lado y decido atacar la guantera. Más basura, Dios. Papeles que había dado por perdidos. Caen al piso por la ley de la presión. Demasiados atosigados en un espacio limitado.

-“Caballero, ¿tiene o no la licencia?”- me preguntó impaciente. Una ventana. Podía pedir perdón. Podía suplicar misericordia. Lo miré fijo a los ojos y el diluvio siguió: -“Por supuesto que la tengo. Deme un minuto más que se la consigo”-

Lo que sucedió inmediatamente después me derrumbó emocionalmente. Toda la actuación, toda la mentira, todo el engaño estaba a punto de ser expuesto. No recibiría mi Oscar. –“Martínez”- gritó el policía,-“¿hay sistema en Guayama?”- ¿Sistema en Guayama? Oh my God. ¿Y quién carajos es Martínez? ¿Dónde está Martínez que no lo había visto todo este tiempo? Martínez estaba al otro lado de la carretera multando a algún individuo que seguramente tenía su licencia al día. Las malditas computadoras. Le dictarían la tablilla del vehículo a algún policía aburrido en Guayama, quien la metería en alguna base de datos, y allí, en microsegundos la pantalla escupiría la oscura verdad: Edwin Vázquez no sólo no tiene licencia, sino que hace muchos meses no la tiene, sabe que no la tiene, y te ha estado tomando de soquete y te ha hecho perder el tiempo.

El grito de Martínez pudo haber resucitado al mismo Lázaro: -“No. El sistema se cayó”- Dios. Martínez, mi amigo, mi querido amigo, gracias. –“Pero en Central hay”- ¿Central? ¿El Cuartel General de la Policía? Pero ¿por qué no se van a buscar verdaderos criminales? Maldito Martínez, maldito. –“Pero el sistema está bien lento”- gritó Martínez. Yes, lento. Así me gusta, bien lento. Gracias señor de los conductores sin licencia.

Ahora el policía a mi lado me miró a los ojos. Yo esperaba, por supuesto, lo peor. Miré sus manos para asegurarme de que no sostenía la pistola. Desde el duelo en el Corral OK no había habido dos miradas retándose de esa manera. No cedí y las palabras cayeron como una bendición: -“Caballero, lo voy a dejar ir pero arregle ese foco. ¿Está bien?”-

Alguien dijo en algún lugar alguna vez que no existe el crimen perfecto. Lo que dije después corroboraría ese postulado. El asunto es que me puse tan contento que en vez de arrancar y largarme cuanto antes del lugar me sorprendí hablándole al guardia. Innecesariamente le dije que no sabía qué había pasado con mi licencia, que no entendía por qué no la tenía conmigo, que lo más seguro la usé de identificación en algún comercio y algún dependiente irresponsable no me la había devuelto, que….entonces lo noté. Fue casi imperceptible pero la luz del foco callejero alumbró el pequeño músculo facial policial que se contrajo como cuando alguien se da cuenta, de sopetón, que le han mentido, que todo ha sido una farsa, que este tipo ha mentido por los poros.
Inmediatamente callé. Le di las gracias, le aseguré que arreglaría el foco y me largué a toda prisa. No podía creer lo que había sucedido. Era sobrenatural. No se supone que ganara esa batalla. Había derrotado al sistema. No estaba orgulloso porque sé que había violado la ley al conducir sin licencia y porque había mentido descaradamente. Pero un pequeño músculo facial se me contrajo en el área de la boca y me dibujó una sonrisa.

A veces los astros se conjuran y se alinean. A veces dos rayos caen en el mismo sitio. Una semana después me enteré a través de mi padre que esa misma noche, una media hora tras mi escape, él pasó por la misma carretera y lo detuvo el mismo policía. Papi había bebido un poco más de lo debido. El tipo fue a buscar el aparato de soplar y en un momento Eureka y de claridad mental total papi tomó una decisión monumental. Exhaló con toda la fuerza de sus músculos abdominales, cogió una bocanada pura de aire fresco y cuando llegó el policía, respiró en la maquinita. Cero punto cero siete. Cero punto cero ocho es ilegal. Papi había derrotado el sistema, media hora después de que su hijo hiciera lo propio.

No nos juzguen mal. Fueron hechos aislados. O, por otro lado, este es el Caribe. Bienvenidos a la bayoya.

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martes, 5 de diciembre de 2006

El FURA Ataca a Una Lechonera

Las fuerzas élite de la Policía de Puerto Rico, Fuerzas Unidas de Acción Rápida (FURA), han estado llevando a cabo varios operativos de alto impacto que deben asegurar nuestra tranquilidad social como pueblo protegido contra la criminalidad. Según El Vocero, en días recientes bajaron en helicóptero al área de Guavate en Cayey, y allí atacaron varias lechoneras comprando libras de lechón asado y morcillas. El operativo, dada la eficiencia de esta fuerza, y haciendo honor a su nombre, fue rápido y en menos de media hora volaban a San Juan dejando tras de sí, chorreando del helicóptero, un rastro de manteca de cerdo que caía como lluvia bendita de los dioses epicúreos.

En otra acción rápida nuestra fuerza élite se dirigió, esta vez en avión, a la isla municipio de Vieques donde capturaron varios sacos de langostas y carruchos. Se dice que los mariscos fueron debidamente sometidos a la obediencia una vez los agentes policiales pisaron la isla grande.

La FURA ha ampliado ahora su radio de acción y estuvieron recientemente en Santo Tomás, en las Islas Vírgenes, donde compraron bebidas alcohólicas y las transportaron en lancha a Puerto Rico. Se dice que fue una labor de rescate de bebidas que estaban secuestradas en el país vecino.

Las labores de FURA no se limitan a acciones relacionadas con alimentos y bebidas. Ahora se nos informa que están llevando a cabo labor social en aguas de Cabo Rojo, donde montan en las lanchas a jovencitas en trajes de baño para darles una vuelta por las costas del oeste.

Felicitamos de corazón a estos miembros de las fuerzas policiales. Nos emociona la entrega y dedicación que tienen para estimular la economía del país moviéndose a través de éste en vehículos oficiales para hacer sus compras.

Ahora sí que nos sentimos seguros ante la ola criminal que nos azota.

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