Mostrando las entradas con la etiqueta Thanksgiving. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Thanksgiving. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de noviembre de 2007

La Maldita Semana del Pavo

En Puerto Rico se celebran dos grandes semanas: la Semana Santa y la Semana del Pavo. La primera la entendemos. La segunda me tiene confundido. Lo cierto es que el Gobierno de Puerto Rico cerró todas sus dependencias durante esta semana para celebrar la gesta de un santo que, aunque desconocemos sus milagros, debió ser la gran jodienda: San Gibin. Tan es así que, aunque antes se celebraba su día, el tercer jueves de cada mes, ahora celebramos toda la semana. No importa que la productividad del país se fastidie. Hay que honrar al nuevo dios Pavo.

Por suspuesto que hay diferencias entre la Semana Santa y la Semana del Pavo. En la Semana Santa conmemoramos la muerte de Cristo el viernes santo. En la semana de San Gibin conmemoramos la muerte del pavo el jueves pavuno. Así que mientras en Semana Santa celebramos la resurrección de Cristo el sábado siguiente, en el caso del pavo conmemoramos su resurrección el viernes que le sigue. Esta última conlleva un rito casi universal: se abre la nevera, se saca el pavo frío que sobró del Jueves Pavuno y se come con pan o solo directo de la bandeja. Hay quienes juran que ese día el pavo sabe mejor que el anterior, cosa que me extraña porque para mí sabe a yerba no importa el día.

Ya había escrito sobre esto en mi artículo El Maldito Día del Pavo, cuando tuve una revelación el año pasado mientras masticaba un pedazo de pechuga desabrida del ave. Me decían algunos estudiantes que los pavos sí pueden ser adobados bien si usas un cuchillo y se lo espetas como si estuvieras asesinando a alguien. O coges una jeringuilla con adobo y se la espetas como si fuera un adicto a los narcóticos. ¿Pero para qué pasar tanto trabajo si podemos celebrar con un delicioso pernil adobado a lo boricua? O hasta un pollo. Me dijeron entonces que podía hacer pavochón, pavo con los condimentos del lechón. ¿Pero por qué comer pavo con sabor a lechón si me puedo comer el puerco directamente? Esto es como el sexo incompleto, el coitus interruptus, la puntita na’ más.

Mañana y el viernes los periódicos publicarán las historias du jour de cómo cientos de deambulantes fueron alimentados por voluntarios que no podían soportar la idea de que gente sin hogar se acostara ese día sin comer pavo. Mostrarán las filas y a uno que otro infeliz desprovisto de su dignidad porque la sociedad lo deshechó. Como si el resto del año esta gente no comiera. Como si el resto del año no pasaran hambre. Como si el resto del año no se merecieran una foto en primera plana.

Mañana yo no comeré pavo. Ni le daré gracias a Dios. Si lo tuviera que hacer lo haré otro día. Es que la hipocresía harta.

jueves, 23 de noviembre de 2006

El Maldito Día del Pavo

La revelación me alumbró como un sol mañanero de noviembre sobre las costas de Yabucoa. Las palabras me rodaron redondas por la boca como El Contemplado de Pedro Salinas cuando miró el mar Atlántico de Puerto Rico. Cuando mordí el tercer plato obligado de pavo del día, en la tercera parada obligada del día, me sorprendí diciendo a viva voz: “Esto sabe a mierda”. Y es que comprendí que no comprendía por qué celebramos esta ridiculez. El tercer jueves de cada noviembre de cada año los puertorriqueños nos sentamos a comer pavo, el ave más desabrida y más difícil de condimentar del planeta. Y para colmo se supone que le demos gracias a Dios.

Sorprendí a mi madre con la pregunta-“Mami, ¿qué rayos celebramos hoy?”- Rápido me disparó-“El día del pavo, por supuesto”- Hizo una pausa y estalló en carcajadas ante la incoherencia sin significado que había dicho. Se dio cuenta en ese segundo que celebramos un día para un ave que no es autóctona de Puerto Rico y que la mayoría de nosotros sólo come el tercer jueves de noviembre de cada año sin preguntarnos por qué.Me di cuenta inmediatamente de la injusticia zoológica y culinaria del asunto.

Los puertorriqueños no sólo no comemos pavo rutinariamente, ni esporádicamente, sino que somos, junto a los cubanos, los expertos mundiales en la confección de cerdo asado. Ellos le llaman puerco pero es la misma cosa. Sin embargo nunca hemos celebrado el Día del Cerdo. Pregúntele a cualquier turista que haya visitado las lechoneras de Guavate, cerca de donde vivo, cuál fue la experiencia más memorable de su visita y le dirá con su acento peculiar: el cuerito de cerdo. La razón de esto es que la carne de cerdo, puerco si es cubano, embebe la sazón con una pasión cochinera. Le mete usted orégano, sal, pimienta y una que otra hoja de laurel en las proporciones deseadas y el puerco echará alas en el fogón. Áselo lentamente a la varita, o en su horno si es una pieza, y los dioses bajarán del cielo a olerlo. Las gracias a uno de los hermanos Pinzón que vino con Colón en las caravelas y tuvo la buena idea de traer cerdos a Puerto Rico. De pata negra no son pero terminan con un sabor más sublime.

Recuerdo nuevamente a la elegante mujer sanjuanera que fue a la lechonera cayeyana “El Cuñao” vestida como María Antonieta. El moño le llegaba a las nubes. Media hora después cuando la vi por poco me ahogo. El moño se la había caído y ahora mordía furiosamente un pedazo de cuero de lechón mientras la grasa le rodaba por la barbilla y le manchaba el traje de encajes. En algún momento de la historia, algunos peregrinos vinieron de Inglaterra, creo, llegaron a las costas de Massachusetts, creo, y les dio mucha hambre. Por allí revoloteaban muchos pavos y algún peregrino le disparó a uno, lo cocinó, se lo comieron y le dieron gracias a Dios. Claro que por la bajo todos dijeron lo mismo-“Esto sabe a mierda”- pero no se puede ser malagradecido y siguieron celebrando la cosa. De hecho, al principio la celebraban con los indígenas nativos hasta que a uno de los peregrinos se le ocurrió que aquellas tierras eran buenas y debían ser de ellos. Por supuesto los nativos salieron corriendo huyéndole a la pólvora.

De alguna forma, o de muchas formas como es lo usual, la tradición de Thanksgiving llegó a Puerto Rico para quedarse. Como Santa Claus, San Valentín y tantas otras. Como aquí no entienden el significado original de la celebración le cambiaron la pronunciación a San Givin. O sea, no dudaría si hay puertorriqueños, mi madre excluida, que creen que celebramos el día del santo Givin.

Mordí la tercera ración de pavo y me pregunté ¿qué carajo tiene esta carne que no coge sabor? Algunos tendrán infinidad de recetas, infinidad de trucos para que el pavo sepa a algo mejor. De hecho, la frustración llegó al punto que a alguien se le ocurrió darle el sabor del lechón a los pavos. Un héroe nacional, sin duda. Usó el condimento del lechón asado en un pavo y se inventó el pavochón. Esta palabra debe estar ya en la Real Academia Española. Y es nuestra. Sólo nuestra. El pavochón es carne de pavo adobada como si fuera un lechón. Sin embargo siento informarles que ni sabe a pavo ni sabe a lechón. Como habrían dicho los peregrinos-“Sabe a mierda”- Por supuesto los salubristas apuntarán a las ventajas de la carne de pavo sobre el lechón. Menos grasa. Menos colesterol. Entonces les preguntaré ¿qué efecto saludable tiene el comer como cerdos por 364 días y dedicarle uno a la carne esa que sabe a celulosa, a papel prensado? Give me a pilgrim break!

Ya hice el anuncio oficial en mi familia. Se acabó el suplicio anual del pavo. Si le quieren dedicar un día a un animal comestible que sea el cerdo, el pollo o la res. Ese es el triunvirato de carnes cotidianas en la dieta boricua. El año que viene no visitaré a nadie. Los familiares que quieran que vengan a casa. Allí disfrutarán de un delicioso pernil de cerdo que asaré a la varita. O como dirían los cubanos, una pata de puerco.

Publicado en http://edwinvazquez.blogspot.com


Tags: