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sábado, 16 de febrero de 2008

El Dulce Veneno de Splenda (y Nutrasweet, Equal et cetera)

Le hemos permitido a las grandes corporaciones determinar qué es bueno para nuestro consumo y qué no lo es, y estamos pagando un altísimo precio. Porque lo único que mueve a esta gente que fabrica lo que comemos es el interés de hacer dinero no importa las consecuencias que pueda tener sobre nuestra salud.

Recientemente escribí sobre el disparate dietético de consumir margarina en lugar de mantequilla. Algo similar, o peor, ocurrre con el consumo de edulcorantes artificiales. De entrada es obvio que el azúcar, consumida con moderación, no causa daños al cuerpo. De ningún tipo. Al contrario, como enseñamos en Biología 101, es la principal fuente de energía para el cuerpo. Por si fuera poco proviene de plantas, por el amor de Dios, esas cosas verdes que coevolucionaron con nosotros y que, a través de procesos de adaptación y selección natural, llegamos a acuerdos metabólicos que propenden a nuestro sano funcionamiento como organismos.

Entonces vino el abuso y la gula. Y alguna gente, mucha gente, engordó y le echó la culpa al azúcar. No a sus prácticas glotonas de comerse un bizcocho entero y lamer el plato, ni de consumirla en cuanto producto dulce hay escondida en algo llamado "high fructose corn syrup" (búsquelo en la etiqueta de las galletitas en su gabinete). La culpa era, por supuesto, del azúcar. Así que lo obvio era eliminarla. Sacarla de nuestras vidas como un parásito malo, exorcisarla como a un demonio y buscar alternativas "saludables".

El primer edulcorante artificial fue sacarina (e.g. Sweet'nLow"), producida en el 1878. Su supuesta relación con la generación de cáncer causó una baja considerable en su uso. Aquí fue que entró la farmacéutica Searle con su producto aspartame, un edulcorante artificial aprobado por la "Food and Drug Administration" (FDA). El nombre químico de aspartame es "aspartyl-phenylalanine-1-methyl ester" y proviene de la combinación de los aminoácidos ácido aspártico y fenilalanina. Para poner mi punto en perspectiva, el azúcar de mesa es sacarosa, una combinación natural de las azúcares glucosa y fructosa.

El aspartame es el ingrediente de edulcorantes como Nutrasweet y Equal, entre otros, y el principal edulcorante en las gaseosas de dieta. Tiene la terrible propiedad de ser capaz de cruzar la llamada "barrera sangre-cerebro", y ha sido asociado en varios estudios con tumores cerebrales, lesiones cerebrales y linfomas, entre otros. Para muchos ha sido una paradoja cómo la FDA aprobó este químico sin los estudios necesarios. Baste con señalar que el "Chief Executive Officer" de la Searle en aquel tiempo era Donald Rumsfeld, el ex secretario de defensa bajo la administración de Gerald Ford y de George Bush Jr. Este es el mismo Rumsfeld que le mintió a la nación norteamericana, junto a Bush et alias, sobre las supuestas armas de destrucción masiva en Irak para justificar la guerra. No dude que Rumsfeld usó sus influencias en la Casa Blanca para obtener la aprobación del aspartame.

Las noticias sobre los vínculos del aspartame con ciertas enfermedades propició la creación de otro edulcorante artificial llamado sacaralosa ("sucralose"). Es un derivado de la sacarosa y por tal razón fue mercadeado como una alternativa pseudo natural al aspartame. El razonamiento fue que si proviene del azúcar natural seguramente no hace daño. Se mercadea principalmente bajo la marca Splenda. Entre las complicaciones a la salud reportadas están la migraña, daño al DNA, el timo, e irónicamente algunas personas alegan que están aumentando de peso sin ingerir azúcar natural y sólo Splenda.

Muchos de los estudios citados se han hecho con dosis extremadamente altas de estos edulcorantes por lo que las conclusiones a las que se ha llegado han sido rebatidas por la industria. Pero en lo personal no necesito ningún estudio para saber que si el azúcar natural no hace daño no tengo por qué sustituirla con productos químicos hechos por la industria farmacéutica. Sólo tengo que moderar su consumo, como el de todo lo que ingiero. La única excepción que podría endender es la de los diabéticos, en cuyo caso se justifica.


Tengo otra razón poderosa para no ingerir Splenda, Equal ni ningún químico edulcorante: la mayoría de las personas que veo ingiriendo esos productos están sobrepeso por lo que no les está ayudando a reducirlo y quién sabe si contribuyen a aumentarlo. Yo no voy a echar a un lado una cucharadita de azúcar (con sólo 15 calorías) o de miel para consumir un potencial veneno.


© Edwin Vázquez de Jesús
Universidad de Puerto Rico en Cayey

domingo, 10 de febrero de 2008

El Día Que Abandoné A Margie

He tenido una epifanía inspirada por los libros "The Omnivore's Dilemma" e “In Defense of Food”, de Michael Pollan. Su tesis se resume en tres frases sencillas: Come comida. No comas demasiada. Principalmente plantas. De entrada parece obvio y nos hace preguntarnos cómo se puede escribir todo un libro basado en algo tan patente. Pero Pollan disecta las tres frases y nos demuestra el porqué el 65% de los americanos, y desgraciadamente de los puertorriqueños también, está sobrepeso. Esto cuando nunca en la historia de la humanidad una sociedad había estado tan obsesionada con su nutrición y la mercadotecnia va dirigida hacia el comer saludable. Por ley los alimentos empaquetados tienen que tener un desglose de su contenido nutricional, el promedio de calorías por servicio, cuántas grasas saturadas, trans y colesterol tienen, el nivel de sodio, etc.

Aún así seguimos engordando. Los nutricionistas americanos están perplejos ante la dieta de los franceses que consiste en abundancia de las mismas cosas que los americanos han demonizado como causantes de la obesidad, enfermedades coronarias, diabetes y otras enfermedades. Sin embargo los franceses sufren considerablemente menos de estos males y sus niveles de obesidad están muy por debajo del de los americanos. Hasta le han puesto nombre a la cosa: “La Paradoja Francesa”. Que no se limita a Francia sino que se repite por la mayoría de Europa.

¿Qué tiene la dieta americana que nos está matando? Me incluyo porque la dieta puertorriqueña se ha americanizado hasta el punto de que los platos de la comida tradicional, como el arroz con habichuelas acompañado de un pedacito de carne, es visto por muchos jóvenes como algo inapetente y fuera de moda. Por supuesto las razones son muchas y no pretendo abarcarlos en este corto escrito. Sí puedo señalar como culpables la pirámide alimenticia de la “Food and Drug Administration”, que prima los carbohidratos sobre las grasas, y su complejidad con el asunto ininteligible de porciones de esto que pueden ser sustituidas por porciones de los otro.

El simple y primitivo acto de comer se ha convertido en una ecuación matemática de conteo de calorías, de medidas de porciones de carnes versus azúcares, de aceites saturados versus monosaturados. El americano promedio que se preocupa por su salud no disfruta de lo que come porque está contando calorías. Sin embargo, nuestros jíbaros de los montes, que se alimentaban muy bien de lo que cosechaban, rara vez estaban gordos. Baste con ver el excelente cuadro “El Pan Nuestro de Cada Día” del cayeyano Ramón Frade y en exhibición en el Museo Dr. Pío López de la Universidad de Puerto Rico en Cayey, para ilustrar mi punto.

Fue en los años setenta cuando el gobierno americano se metió en nuestras cocinas a dictar qué es saludable y qué no y salió con una recomendación que a la larga resultaría nefasta: “coman menos grasas saturadas y más carbohidratos complejos”. Al no definir exactamente a qué alimentos se referían, por miedo a las repercusiones de los grandes intereses económicos (si decían carne de cerdo los estados productores de cerdos se encargarían de castigar al partido de turno), los consumidores malinterpretaron el asunto completamente. Creyeron que mientras redujeran las grasas saturadas podían atosigarse de cuanto carbohidrato complejo quisieran. Y son precisamente los carbohidratos los principales proveedores de calorías en la dieta. Y de la gordura. Por eso no es raro ver que en muchas dietas se enfatiza el consumo de pastas (carbohidratos complejos) y se reduce el consumo de carnes a niveles famélicos. Y por eso la mayoría de las dietas no funcionan.

Lo que me lleva al título de este artículo. Le he dicho adiós a Margie, la margarina, y he decidido abandonarla. Porque las grasas saturadas son malas sólo si se consumen en exceso, como todo en la vida, y porque la margarina, vista desde la óptica biológica, se acerca a un veneno metabólico. Por tanto me voy con la mantequilla, que tiene mucho más sabor y es más saludable. De hecho, se dice que es el ingrediente principal de la comida francesa. Para entender mi decisión imagínese que le doy un vaso de aceite vegetal y le pido que se lo tome así puro. Nadie lo haría. Sin embargo la gente consume margarina en cantidades industriales, mucho más de lo que consumiría mantequilla, ante la falsa idea de que la primera es más nutritiva. Tiene menos calorías y no tiene colesterol.

Lo contradictorio es que la margarina no es otra cosa que aceite vegetal al cual han tenido que añadirle hidrógeno artificialmente para que asuma una consistencia cremosa. Pero no sólo hidrógeno sino muchísimos ingredientes para tratar de acercarla a la maravilla culinaria que es la mantequilla. Esto incluye colores, pues la margarina tiene un color blancuzco de mala apariencia. El origen de la margarina es muy indicativo del lugar que debería tener en nuestra dieta. Fue inventada por un bioquímico francés por petición de Napoleón que necesitaba un sustituto para la mantequilla para sus soldados y para los pobres ya que ésta no alcanzaba para todos.

Tan superior es la mantequilla a la margarina que las compañías que la producen hacen referencia a cuán parecido es su producto a la mantequilla. “I Can’t Believe It’s Not Butter” (“No puedo creer que no es mantequilla”) es un ejemplo claro. Pues créalo, a tomates no huele.

¿Y qué de las calorías? ¿Y del colesterol? Aparte del asunto de la demonización del colesterol (no es tan malo como lo han pintado), sé que terminaré consumiendo menos calorías con la mantequilla que con Margie. Esto porque la uso con moderación, cosa que no hacía con el aceite vegetal parcialmente hidrogenado que es la margarina. Finalmente, cierro mi caso con dos fotos con los ingredientes de una margarina (primera foto) y los de la mantequilla (segunda foto). He dejado a Margie, un viejo amor, y me voy con Manty, que está mucho más buena y sabrosa.

Ingredientes de una margarina común.

Ingredientes de las mantequillas.


Actualización 8 de marzo de 2013: encontré este excelente vídeo que toca el tema.




© Edwin Vázquez de Jesús, Ph.D.